Matrimonio abierto a la vida

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un matrimonio felizHoy día son muchas las parejas de esposos que sólo quieren tener un  hijo o máximo dos. Muchos esposos ven a los hijos como un estorbo para sus diversiones y comodidades. Con frecuencia, deciden tenerlos después de algunos años de matrimonio. Eso quiere decir que usan anticonceptivos, incluso abortivos, sin problemas de conciencia. Pero la realidad es que, cuando se usan anticonceptivos abortivos, se está matando la vida de un ser humano y el amor de los esposos se va apagando más y más. Los mismos esposos se están fabricando así la tumba de su amor. Por ese camino, fácilmente se pueden pronosticar problemas insolubles y, al final, el divorcio, con el consiguiente sufrimiento para ambos y, sobre todo, para los hijos que hayan podido tener.

Los hijos no son un estorbo, aunque sean enfermos. Cada ser humano es un regalo maravilloso de Dios, aunque suponga muchos sacrificios para educarlo y atenderlo, especialmente si es enfermo. ¡Cuántos matrimonios dejan morir a sus hijos recién nacidos, cuando se dan cuenta de que estarán enfermos de por vida! ¿Lo hacen para que el niño no sufra o para evitarse sufrimientos? ¡Cuántas madres se hacen la prueba del líquido amniótico a ver si el niño está sano, para que, en caso de que le digan que puede nacer enfermo, lo pueda abortar! ¿Dónde está la fe y el amor para ese hijo? Cuando falta Dios en la vida de un matrimonio, todo es posible; el aborto se ve sólo como una interrupción del embarazo, como si fuera un trozo de carne sin valor.

Otros esposos planean el tener sus hijos, como si se tratara de comprar un coche o una casa. Se pesan los pros y los contras, como si estuvieran rellenando la hoja de un balance de empresa. Si el balance es positivo, es el momento de tener el hijo; si no, debe esperar. ¿Y dónde está la fe para confiar en Dios? ¿Y si Dios en su plan divino quiere que tengan seis hijos, van a decirle que eso es imposible? ¿Acaso Dios no es poderoso para ayudarlos y sacarlos adelante? Dice la Biblia: Dios proveerá (Fil 4, 19). ¿Lo creemos?

Veamos lo que nos dice Scott Hahn, un pastor presbiteriano, convertido al catolicismo, que ha escrito el testimonio de su conversión en su libro: Roma, dulce hogar.

Me casé con Kimberly Kick el 8 de agosto de 1979. Creamos nuestro hogar y disfrutamos del placer y la alegría de la unión de un hombre y una mujer. Sin embargo, no fue en el éxtasis de nuestra unión corporal, cuando vislumbré por vez primera que una familia manifiesta del modo más vívido la vida de Dios. Empecé a comprenderlo, cuando Kimberly estaba embarazada de nueve meses y medio de nuestro primer hijo. Su cuerpo había ido tomando nuevas proporciones y me di cuenta más que nunca de que su carne no había sido creada exclusivamente para mi deleite. Lo que yo había disfrutado como algo hermoso se estaba convirtiendo ahora en un medio para un fin más grande.

Cuando sintió sus primeros dolores de parto, nos fuimos apresuradamente al hospital con la ilusión de que el bebé estaría pronto en nuestros brazos. Sin embargo, el parto de Kimberly fue difícil desde el principio. Las horas se prolongaron, horas de duro parto, y el dolor de Kimberly se hizo cada vez más intenso. Tras treinta horas de parto, el médico observó poco progreso y recomendó hacer una cesárea. No era así como nos habría gustado que fueran las cosas, pero nos dábamos cuenta de que la elección no estaba en nuestras manos.

Exhausto, vi cómo las enfermeras ponían a Kimberly en una camilla y la llevaban a otra habitación. Iba a su lado, cogiéndola de la mano, rezando con ella. Cuando llegamos a la sala de operaciones, las enfermeras levantaron a Kimberly de nuevo y la pusieron en una mesa; allí la sujetaron y la sedaron. Kimberly estaba congelada, tiritando y con mucho miedo. Permanecí junto a mi esposa; su cuerpo estaba atado, puesto en forma de cruz sobre la mesa y rajado para traer una nueva vida al mundo.

Nada de lo que me había enseñado mi padre sobre los detalles de reproducción, nada de lo que había aprendido en las clases de biología del Instituto podría haberme preparado para ese momento. Los médicos me dejaron quedarme a ver la operación… Entonces, llegó el momento en que de entre aquellos órganos, con unos pocos movimientos cuidadosos de las manos del médico, apareció el hermoso cuerpo de mi hijo, mi primer hijo, Michael. Pero fue el cuerpo de Kimberly lo que se convirtió en algo más hermoso para mí. Ensangrentado, con cicatrices, y retorcido de dolor, se convirtió en algo sagrado, un templo vivo, un sagrario, un altar de sacrificio que daba vida .

Su esposa Kimberly nos dice en su libro “El amor que da vida”: Hasta ahora he tenido siete cesáreas y cuatro legrados para detener la hemorragia después de los partos o de abortos espontáneos. Me han cortado de arriba abajo y de lado a lado. La cicatriz parece un ancla. Scott dice que son heridas sufridas por Cristo ¡Así probablemente las tendré en mi cuerpo glorioso!

El número de cesáreas que he tenido no han hecho todavía imposible tener más bebés, porque el médico es capaz de abrir tejido cicatrizado. ¡El récord de cesáreas está en catorce en Texas! Además, los sufrimientos físicos no acaban con el parto. La lactancia, a pesar de lo maravilloso que es, tiene sus propias molestias… ¿Impresiona leer esto? No lo cuento para desanimar a nadie. De hecho, quiero demostrar cómo a través del acto conyugal, elegimos ser un sacrificio vivo…

Antes de tener mi cuarto parto por cesárea, una enfermera me sugirió: “Deberías ligarte las trompas, aprovechando que el médico te va a abrir”. Rápidamente respondí: “No me toquen. Me  encantaría volver aquí y tener otro hijo, aunque implique otra cesárea”. Mientras me llevaban al quirófano, oí que la enfermera les decía sus compañeras: “Lleva cuatro cesáreas y quiere volver a tener otra”. No se lo podían creer; no porque no hubieran visto una mujer con cinco cesáreas, sino porque yo quería que ocurriese a sabiendas del sacrificio que suponía .

Vale la pena hacer cualquier sacrificio por los hijos, que serán el apoyo y el consuelo de los padres en su ancianidad. Además, como dice la Biblia, los hijos son un regalo de Dios.

Fragmento del Libro “Autoestima, amor y felicidad” del P. Ángel Peña O.A.R.
Puedes descargar gratuitamente este y todos los libros del Padre Ángel Peña en LibrosCatólicos.org





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2 comentarios para “Matrimonio abierto a la vida”

  1. David y Silvia says:

    Abiertos a la vida, abiertos a la voluntad de Dios. Somos David y Silvia tenemos 10 hijos todos por cesáreas,Dios nos ha bendecido grandemente, 3 de nuestros hijos han sentido el llamado al sacerdocio, están en el pre- seminario, la Iglesia confirmara sus vocaciones

  2. pablo says:

    menuda chapuza, esa cita es de Scott Hadn pero no de ese libro…

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